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Los Kogui y el camino al lugar sagrado.

Cuando amaneció el segundo día me sentía descansada y feliz. El amanecer ya estaba en camino, y todos se empezaban a levantar con caras largas. Casi nadie había logrado dormir. Marianne (la española) no logró nada, y se quedó acostada esperando que así recuperara un poco las fuerzas.
Yo me revisé el pie, y para mi sorpresa, ya había una pequeña ampolla reventada. Un poco abierta por un lado. Nada de qué preocuparse. Mi cuerpo estaba tratando de ayudarme. Después de la herida en Riohacha había creado una ampolla
para protegerme. Otra más empezaba a salir en el dedo grande, seguro para balancear al peso. Todo bajo control.
Comenzamos la caminata tan pronto como desayunamos. El camino se hacía más difícil, habían dos subidas duras, según nos informaron y nosotros comprobamos.
Los muchachos, aún sin dormir, mantenían un paso rápido y yo el mío, lento pero constante. Cada una o dos horas había un descanso para comer fruta. Ver un pedazo de patilla o una piña, me emocionaba como nunca me ha emocionado la fruta.
Esta caminara fue mucho más interesante que la primera, pude concentrarme en el panorama gran parte del tiempo, y me sentía un poco como Frodo (a ver si me entienden por mi foto).
Atravesamos ríos, paisajes muy verdes y otros también llenos de barro. En un punto Marrón nos pidió que nos detuviéramos para apreciar de cerca una comunidad Kogui (Y quiero que se paren un momento a ver la primera foto que fue tomada en este sitio, mi compañero la tomó, yo la exhibo con orgullo: la mejor foto del viaje). Nos explicó que esas casas tan comunes y representativas de
estas tribus, no son sus casas permanentes. Son las casas de celebración, por decirlo de algún modo. Cada familia Kogui tiene un terreno donde vive, tiene su casa y sus cultivos, pero estos son los centros sociales. En este lugar, cada comunidad tiene dos casas, la de la mujer y la del hombre. Lo anterior debido a que el hombre, encargado de la mayoría del trabajo físico, necesita descansar y la esposa y los niños pueden llegar a ser una distracción. Las casas las construye la comunidad cuando hay un matrimonio. Es la manera de darle la bienvenida a esta nueva familia. En la construcción participa toda la comunidad, desde los más pequeños hasta los más grandes. Los niños que se pueden poner
de pie apenas, por ejemplo, participan en pisar el barro con el que se pegarán los maderos.
En este centro de la ciudad (El Downtown Kogui) también hay dos casas mucho más grandes que las demás, y es donde los hombres y las mujeres, por separado, se reúnen a meditar.
Las mujeres meditan mediante el tejido y los hombres mediante la hechura de collares o la manipulación de su Poporo (de esto les hablo un poquito más adelante).
Otra de las formas femeninas de meditar es mediante la manipulación de la planta sagrada: La coca.

Es increíble que una planta sagrada como es esta haya sido tan tergiversada y llevada por el mal camino, pero su manipulación por parte de estos indígenas muestra mucho de su carácter sagrado. Los hombres no pueden arrancar las hojas, solo las mujeres, y ellas sólo arrancan las que tienen un color verde vivo (después les cuento qué se hace con las plantas). Una por una (a diferencia de la manera en la que recolectan los que tienen fines turbios, que lo hace cualquiera en cantidad). Las mujeres las van arrancando, muchas veces con los niños pequeños colgados en su cabeza dentro de una mochila tejida por ellas mismas. Van cantando y al mismo tiempo meditando.
En una de las paradas nos detuvimos cerca de un campamento de WIWA (otra de las empresas que hacen los recorridos a Teyuna), y los muchachos se
fueron a jugar fútbol (¡hágame el favor! Uno cuidando, administrando la poca energía y estos felices jugando fútbol).
A medio día llegamos a otro campamento donde almorzamos, y tuvimos la bendición de un río frío y refrescante. Esta vez llegamos con un retraso de 20 minutos de los demás. Nos alistamos de nuevo y empezamos el nuevo recorrido al siguiente campamento. Esta vez, al llegar a este nuevo campamento, noté que la pequeña ampolla tenía la piel rota y se había llenado de pequeños granos de arena, seguramente adoptados del río. Intenté sacarlos, pero al parecer solo empeoré la situación. De cualquier modo ya era hora de amarrar los

zapatos y continuar con el camino.
En la tarde nos llovió, lo que hizo al camino mucho más refrescante, pero también pesado. Ya los caminos se cubrían con una capa de barro, lo que los hacía muy resbalosos (y yo contenta con mis botas). En una de las paradas estaba deseando naranjas, y el deseo se me hizo realidad. Marianne, con su impresionante carisma, estaba ya charlando con unos pequeños Kogui, de los que están más cercanos y adaptados a nuestra sociedad: su padre tiene una tienda y se sentó con Marrón y Bruno (el guía guajiro) a hablar de fútbol. Los niños van aprendiendo tanto el wayuunaiky y español.
También me acerqué para tomarle una foto a Marianne, y después ella me tomó esta hermosa foto. Ese día jugaba Colombia contra USA, y el más grande de los niños estaba deseoso de verlo. El más pequeño de los niños (Ismael), llevaba una camiseta del Barcelona, como pueden ver. Se preguntarán ustedes si es fácil distinguir un niño de una niña y les voy a dar la clave (porque a veces esta edad es un poco engañosa, y ellos no siempre le cortan el pelo a los niños y se lo dejan crecer a las niñas): las niñas llevan collares hechos
por el padre, mientras los niños llevan mochilas hechas por las madres. Los niños, o más bien el niño mayor, nos contó que también el padre es el responsable de hacer los utensilios y las artesanías.
Después de una caminata larga y difícil, por fin llegamos al último campamento. El campamento del Mamo, nos dijeron. Y es que el Mamo, el máximo líder espiritual, vive muy cerca, y también estábamos muy cerca de Ciudad perdida. Estábamos a solo unas horas de llegar a ese bendito destino. Este día llegamos muy cansados, y al quitarme el zapato descubrí que la piel de mi dedo pequeño se había caído del todo (uno no puede pensar de verdad que un dedo tan chiquito va a doler tanto). Ese día Marianne llegó bastante cansada pues tenía unos zapatos casi mocasines y el camino mojado era bastante duro; yo lo sentí con mis zapatos, y frustró mucho a mi compañero (a quien admiro un montón por haberlo recorrido con unos Addidas que más que de caminata, son vestidorcitos). Yo me senté, exhausta, con ganas de meterme un rato al río, descansar del duro día que habíamos tenido. Marianne me preguntó si yo pensaba que valía la pena tanto sacrificio, y yo le respondí lo que creo, lo que aún creo, que el camino está lleno de revelaciones, pero no son inmediatas. Faltarán años para entenderlas.
Este campamento estaba bastante húmedo. Pedimos de nuevo hamacas, ahora con más razón no
quería camarote. Extendimos la ropa, con la esperanza de que se secara (aunque al otro día amaneció incluso más mojada). Me envolví en las cobijas y me acosté temprano, intentando dormir. Pero es imposible dormir en tales condiciones: la humedad, la lluvia cayendo, el dolor en el dedo (un dolor palpitante), y la cercanía con Ciudad Perdida. ¡Ya estaba a mitad de camino! Estaba a una hora de la meta. Pero la cabeza estaba tratando de procesar tanto que había aprendido, cómo me había probado, y lo afortunada que era por llegar hasta ahí. Esa noche, entre todo lo que dormí, dudo recoger 2 horas.
Me levanté temprano y pedí a Marrón el botiquín, me preocupé por mantener el dedo, al menos, lejos de una infección. Nos demoramos un poco en dejar todo listo, y lo dejamos en la tienda, bajo custodia. Comenzamos la travesía con una botella de agua, el repelente y la emoción. Marrón estaba algo enojado con nuestra demora, creo que fuimos el último grupo en salir; entonces empecé a "componerle" vallenatos para hacerlo reír. Esta vez, un poco cambiados los papeles, Marianne y yo íbamos adelante, y descubrí que al menos soy muy buena para caminar sin zapatos por el río. Con cámara y todo no me podía caer, además, sería un insulto a mi niñez (ojalá me lean mis primos).
Después de un rato de caminata miramos hacia arriba. Nos esperaban 1260 escalones para llegar a Teyuna. 1260 escalones de la meta.

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