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La muerte de un viajante

Para comenzar voy a hacer una aclaración y así alejarme de posibles malos entendidos: esta no es una renuncia a la vida o un deseo de muerte. Por ahora el título del post habla de que esta viajera está encallada en su ciudad de origen, de vuelta en la casa materna (donde siempre la reciben de brazos abiertos y donde descansan los libros) y en medio de una cuarentena por una pandemia que le impedirá viajar por un tiempo aún indeterminado. Ahí vamos.

Tengo un abuelo que pasa los 95 años es un hombre muy religioso y conservador, que no ha salido mucho de su lugar de origen, que dedicó los días de su vida a trabajar en múltiples tareas (las que exigiera el momento y la oportunidad), cuyo tesoro más grande son sus ocho hijos con la descendencia que traen y una volqueta que proveyó el alimento para la casa (de esa dejo fotito). Siente que sus días de vida se vienen agotando y tiene miedo. La muerte en una cultura como la nuestra fue enseñada como una tragedia, el final, el momento del juicio donde ponen en una balanza tu vida y deciden si vas a un cielo (que pinta medio aburrido) o un infierno de eterno dolor y sufrimiento.

Tan apegado a esos conceptos ¡claro que debería estar asustado! Yo también lo estaría.
Nos metieron culturalmente en la cabeza una versión de la muerte muy particular y trágica, cuando es algo tan natural, que hace parte del contrato que firmamos al nacer.  Es un misterio la fecha, las causas, la manera, las circunstancias y además el pensar lo que se deja atrás, los adioses pendientes, las cosas que no se llegaron a realizar.
Esas visiones tremendamente aferradas y enseñadas generación  tras generación hacen más difícil la despedida de alguien a quien amamos, cuya presencia va a dejar de existir con la nuestra, cuyas palabras se van a secar para siempre, cuyo ser va a dejar de ser compañía de la vida de la que nosotros aún respiramos. A eso se le suman las dudas humanas y naturales desde el principio de los tiempos ¿A dónde irá? ¿A dónde iré yo?, en palabras de Hamlet "aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante retorna", y por último la mentalidad occidental de poseer y no dejar ir, de querer que todo se quede con nosotros, de ver como una pérdida lo que no podemos poseer, la imposibilidad de entender que todo está continuo cambio, el terror a no controlar y a ser simples espectadores, después de creer toda la vida que somos demasiado importantes como humanos, creernos la versión de ser la raza dominante sobre la tierra.
Todas estas ideas se nos revuelven en un momento como el que estamos pasando como humanidad.

Un virus invisible que se extiende con rapidez y que tiene múltiples comportamientos en los contagiados (desde los que pasan desapercibidos hasta los mortales), una situación que congela la vida como la conocíamos, que nos replantea la concepción de tiempo y espacio a todos, y que nos invita constantemente a temer, a posiblemente morir o ver morir a la gente más querida.Este revuelto de temas me ha estado rondado la cabeza por varias semanas, he intentado componerlo de una y otra forma para explicar la manera en la que los viajes han cambiado mi visión sobre la muerte. Después de haberme decidido un día a cambiar el camino elegido (trabajo, país, casa, etc.), viajar me dio la mayor libertad de mi vida, y lo que para mí hoy representa el mayor logro: No temerle a la muerte.

No es que quiera morir (aún hay muchas cosas que quiero hacer y lugares que conocer) pero me siento preparada y tranquila para el momento en el que pase. ¿Por qué? Porque en gran medida he logrado cuestionar lo que se me dio como verdad absoluta, me he lanzado a conocer países de los que no sé el idioma, tengo amigos en muchas partes del mundo y aún conservo el contacto, he nadado con delfines y tortugas, escuchado el canto de las ballenas, visto las pirámides, caminado por Machu Picchu, visto pingüinos, me he enamorado y he sufrido desamor, rechazos, aceptaciones, he comido platos extraños y aprendí a cocinar mis propios platos (cosa que nunca pensó mi familia que pasaría), he conversado con pescadores, aprendí a usar una cámara fotográfica, he leído, escrito, aprendí a tocar ukelele (o al menos lo intento), veo a mis sobrinas crecer y tengo el privilegio de ser madrina dos veces.
Diferente sería si me hubiera quedado en la rutina de una vida de casa y oficina sin ningún cambio que me hiciera temblar el piso; aún recuerdo esos días en los que no sabía qué era vida y en los que sentía que me faltaba todo, los días en los que temía aún más que la muerte me llamara. Esto no significa que todos deberíamos tomar la decisión, pero sí, en lo posible, buscar el camino que nos traiga satisfacción y disfrutarlo (a veces algo tan simple no lo buscamos, no lo preguntamos).
A días de cumplir dos meses de confinamiento, me doy cuenta que desde el estallido social en Chile en octubre del año pasado, todos mis planes (los que tenía tan ordenaditos) se han venido aplazando, cancelando, quedando estancados, y entonces es buen momento para entender que no hay nada realmente en mi control y que adaptarse como cualquier especie es el llamado, redefinir el concepto de cautiverio y hogar, repensar el derecho a la vida (no solo humana), aceptarnos a veces como simples espectadores, intentar lidiar con la frustración, la tristeza, el miedo, la desilusión, el terror, la ansiedad, la depresión... y, lo más importante, entender que esta no es una pausa de la vida, sino la vida misma en este momento.
Pocos sobrevivientes de anteriores pandemias quedan, somos nuevos en esto, no entendemos lo que va a pasar. Tal vez este es un tiempo para darnos el chance, el tiempo de pensarnos, de llorar, de angustiarnos. Para tiempos nuevos, medidas nuevas, menos juicios, más empatía, menos afán. ¿Y si este es el momento histórico para preguntarnos y cuestionarnos todas esas cosas que se veían como verdades absolutas? ¿Si es momento de reorganizar prioridades?

Mientras tanto, esta viajera que siempre se identifica con Drexler cuando dice "hay gente que es de un lugar, no es mi caso, yo estoy aquí de paso", va ahora a concentrarse en la canción que dice "calma, todo está en calma... deja que el tiempo cure" y hará lo que pueda cada día, se permitirá a veces "perder el tiempo", a veces sentirse perdida, a veces llorar, a veces castigar a los vecinos cantando y tocando ukelele desde el balcón, a veces no querer hablar con la gente que más quiere, a veces ser la persona más dulce, tratará de no frustrarse por no escribir, hará daños en sus paredes, cocinará cosas nuevas y disfrutará de los días en los que vaya a hacer la compra, dejará de juzgarse por no estar produciendo tanto material literario como debería en condiciones "perfectas", seguirá leyendo.
Voy a aprovechar este tiempo para seguir siendo feliz por haber nadado con delfines (aunque mi abuelo dice que él los ha visto en la tele y no ha tenido que salir de casa) y esperando a ver jirafas en su ambiente natural.

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