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Vilcabamba y cómo vivir más de 100 años


Vilcabamba tiene una fama especial, tiene record en longevidad. Miguel Carpio parece tener el record de la región con 128 años. Y digo que parece porque pueden haber muchos más que pasen esa edad.
Yo me ilusioné desde que en Otavalo me hablaron del pueblito y me imaginé todo lleno de terrenos, de campo cultivado, de cuchitos felices paseando. Pero lo que me encontré fue otra cosa.
Llegamos ya tarde en la noche y encontramos un hostal muy colorido (Jardín escondido), pero mucho más caro de lo que esperábamos. Y aunque recorrimos el pueblo, y encontramos un par de lugares, ninguno tenía la buena energía de ese.
Nos quedamos en una habitación bonita y en la mañana teníamos piscina y un restaurante que era buena opción para almorzar.
Salimos a recorrer el pueblo, pero no se veían ancianos... al menos no ancianos ecuatorianos. Pero sí estaba repleto de adultos mayores GRINGOS. Cuando empezamos a recorrer los sitios de desayunos, todos vendían desayunos muy americanos, muy internacionales, y sí, los precios también lo eran.
Nos sentamos por fin en un restaurante con un desayuno muy completo (huevito, fruta, yogur pancito, etc, etc), y llegó un gringo con su ropa muy hippie, rondando los 70, con el pelo y la barba blancos y muy crecidos. Yo sonreí, y lo vi sentarse a leer un periódico en inglés. Me surgieron mil preguntas, pero tenía más hambre que preguntas, así que seguí en lo mío.
Entonces vi algo que me llenó de gracia. El loquito del pueblo, al que los lugareños parecían estar muy acostumbrados, pasó arrastrando un palo y pidiendo monedas a los que caminaban. Me pareció una escena tan latinoamericana, que me alegró. Entonces el dulce anciano que se había sentado en la mesa del lado le gritó "¡Get a job!", así, en inglés, así con la menor empatía. Entonces llegaron otras mujeres muy similares a él y hablaron en inglés. De ahí en adelante el desayuno ya no me gustó tanto.
Mucha gente, nacida en Vilcamaba, nos confirmó que cada vez llegan más extranjeros en busca de esa longevidad prometida en los documentales. Pero no entienden. Ese primer mundo que a veces se jacta de ser muy inteligente también cree que llegar a asentarse en un pueblo como éste les va a dar los años de vida que les quitó el estrés (entre el estrés, el hecho de ser mala onda), la mala comida de toda la vida, y la actitud con la que vienen a colonizar. Disculpen las palabras duras, tal vez me den la razón un poco más adelante (si no, también estoy abierta a discutir el tema).
Nos fuimos a caminar al Mandango (el vigía de Vilcabamba), la montaña donde se supone que Atahualpa escondió su tesoro de los españoles.
La montaña, curiosamente, guarda una similitud con la montaña de Machupicchu, el rostro acostado del inca. También dicen que al monte, como a Monserrate, no se debe subir en pareja porque se acaba la relación (de eso no me acordaba por entonces... pero no hay nada de qué preocuparse).
Yo venía un poco agripada (no podía respirar bien), por lo que la subida quedó en la mitad del camino, donde me rendí y dejé a mi compañero completar la caminata solo. Pero al rato, viendo la bonita Vilcabamba desde esa altura, me entró la ambición, y mi compañero vio asomar mi cabeza paliducha por entre la paja (esa que se ve como pelusa pero de cerca es más una espina), y sí, el paisaje valió la pena. Después mi compañero se fue a caminar por el monte, ahí sí lo esperé muy cómoda en mi piedrita.
Pero con esa vista de los lugares más allá del pueblo, y empezando a ver las pequeñas finquitas y los cultivos, entendí de dónde venía la longevidad del sitio.
Bajé con la decisión de buscar a algún sobreviviente de largos años para saber el secreto que tanto han estado buscando los científicos, y que de manera equivocada buscan los gringos histéricos y exigentes.
Preguntamos en el hostal, y una peruana medio seca por fin empezó a abrirse a nosotros, y descubrimos la razón por la que los meseros andan de mal genio en todo lugar, los extranjeros los tratan mal todo el tiempo. Nos contó que la insultan por no hablar inglés... ¡hágame el favor! En Ecuador... Luego hablamos con el dueño del hostal, un italiano que seguramente vivirá mil años porque vive feliz, pero además de autorizar un agua de coco gratis, no tenía gran información. Uno de los muchachos del lugar, un paisa, nos dijo que la gente se bañaba en un río y al mismo le daban cualidades de longevidad, así que tomando el consejo, nos llevó un taxi camino al río, y en la conversación nos contó la triste situación de este hermoso lugar. ¿Le gusta que venga tanto extranjero? Pregunté. Depende, me dijo, si se van a quedar, no. Y entendí la situación explicada por él. Desde que empezaron a llegar los gringos, saben a lo que van. Les ofrecen dinero (despreciable para ellos, pero deslumbrante para un campesino), y les compran sus terrenitos, que luego dividen y venden por un precio que supera las 50 veces el invertido. Luego, ellos, muy amables, resultan dándole trabajo de obrero al hijo del anterior dueño, es decir, al que por tradición debería ser el dueño, el heredero, el nacido en las tierras. El dueño, entonces, pasa a ser jornalero y comienza un ciclo de pobreza que se eterniza. Vilcabamba vive todavía la colonia, pero ya no es de españoles, sino de americanos y uno que otro europeo.
Al final, tristes, nos dio el dato de don Timoteo, el hombre más viejo de la región, quien vive cerca del río y seguramente nos recibiría porque le encanta que lo visiten.
Ahí me llegó el espíritu de Vilcabamba, y de este hombre de 104 años (105 ahora, ojalá) que todavía se pone la mejor ropa para recibir a las visitas y nos cuenta de su época de soldado en la guerra del 40, de los peruanos que se le querían quedar con un pedazo de su querido Ecuador, de su matrimonio a los 25 años con su única novia, la misma que lo dejó hace unos años en este mundo, de cómo poco a poco se ha quedado sin amigos, de la enfermedad en sus ojos que ya no lo deja ver, del reconocimiento que tiene en el pueblo pues todos son sus "amigos" y le dan la manita, de sus nietos y sus bisnietos, de su vida cultivando y arriando vacas, de las plantaciones de caña y de las panelas, de la vida tranquila en Vilcabamba, junto al río, jugando con balones y siendo feliz, comiendo la comida que su mamá y luego su esposa hacían al fuego de palos, trabajando de sol a sol y con el único deseo de volver a casa cada día, a ver a la familia.

Si les quedó la curiosidad, no, no me metí al río ¡qué joda tan fría! Mi compañero sí lo hizo. Ojalá los zancudos del río sean el verdadero secreto, esos sí me tragaron en dos minutos.

1 comentario:

  1. Felicidades. Muchas felicidades. Me encantó tu sinceridad.. Todo lo que aquí dice es tan cierto

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