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Loja: ¿Cómo disfrutar de un destino que "no te gusta"?

Resulta que en Huanchaco (donde tuve una de las mejores experiencias del viaje), conocí a uno de los hombres con mejor energía que he conocido en la vida. Él nos dio una frase que hasta hoy tengo como lema: hay que darle la oportunidad al lugar.
Mucho antes de conocerlo a él, ya había aprendido la lección por mero método de prueba y error.
Esta es la historia de Loja, una de las fronteras de Ecuador con Perú. Llegamos ahí dos veces, la primera, solo de paso para tomar un bus a Vilcabamba, y la segunda vez, para descansar un día mientras conseguíamos un bus para pasar la frontera al nuevo país.
La primera vez que pasamos, voy a confesarlo, era de día y me pareció una ciudad sucia y desordenada, no quería volver y dudé pasar un día ahí. También iba un poco afectada porque en un mes de travesía por Ecuador, no habíamos tenido el placer ni corrido con la casualidad de presenciar una fiesta, un evento de un pueblo completo.
De vuelta de Vilcabamba la cosa no iba tan bien. Decidimos un hotel cerca del terminal (porque yo necesitaba trabajar y además estábamos muy cansados) y el precio estaba muy alto. Luego llegó un ecuatoriano de la costa y juntos pudimos bajar un poco el precio, él insistía en que nos dieran un buen precio por ser extranjeros hermanos. Nos tuvieron que cambiar 3 veces de habitación porque no servía el Internet y otras cosas, pero al fin dimos con una habitación aceptable y salimos ya muy noche a conseguir algo de comer (casi todo estaba cerrado) y terminamos comiendo un par de cosas de panadería.
Parque Jipiro

Al otro día decidimos salir a conocer la ciudad mientras esperábamos la hora de partir (media noche para pasar la frontera) y caminamos hasta el centro sin ninguna expectativa.
Una eliminatoria se jugaba y mi compañero deseaba ver el partido, así que buscamos un café que nos permitiera tener algo de comida para las onces e Internet. Ahí nos cambió la visión de la ciudad, en el Emporio Lojano. Pedimos unas empanadas de queso llegadas del cielo, gigantes y deliciosas, pero no solo eso, sino que en la mesa junto a la nuestra, se sentaron unas abuelas con su nieta, y se reían mientras nos veían sufrir viendo a los 22 seres persiguiendo una pelota.
Luego vino lo mejor, el dueño del sitio empezó a hablar con nosotros, a recomendarnos qué comer y nos dijo que la feria de Loja se realizaría esa misma noche, desde las 7, y nos preguntó si íbamos a participar. ¡Por supuesto!
Salimos más animados, conocimos el parque jipiro (donde hay máquinas expendedoras de comida para patos), escribimos, observamos aves de todo tipo. Caminamos a la puerta de la ciudad (la que parece un castillo) en donde estaban por inaugurar una colección de obras locales, y al saber que no estaríamos al siguiente día para verlas, nos permitieron ser los primeros en verla. Subimos al mirador a contemplar la ciudad que de día no parecía ni un poquito atrayente, y nos encontramos con un estandarte de arquitectura, vida, ruido, luces. Una pequeña y hermosa ciudad.
Caminamos de nuevo al centro observando los murales, sonriendo a los amables lojanos y sorprendiéndonos de la ciudad que pudimos haber ignorado. Un pequeño restaurante bar, con vista a la plaza, nos permitió pacientemente esperar a que la fiesta comenzara, y desde ahí vimos a la banda comenzar con los primeros acordes, al "bobo" del pueblo ir prendiendo la fiesta (perdón el término, pero siempre lo he visto de manera cariñosa), a la gente sacar a bailar a sus parejas, a los especialistas de fuegos artificiales colocar las plataformas.

Fue en esta hermosa (y poco famosa) ciudad donde contemplamos el primer festival, donde la primera fiesta se forjó entre vendedores de canchita y chicles, entre niños asustados por el ruido, entre gente que acompañaba los colores artificiales con ohh y ahh y nuestro frío aplacado por la felicidad, y el deseo de que las doce todavía se demoraran en llegar.
Tal vez ahí entendí que había salido de mi hogar hacía un mes, tal vez ahí entendí que ahora mi casa se reducía a wasi (mi maleta), que mi domicilio cambiaría y saltaría en el mapa, que había atravesado el primer lugar sin entender cómo habíamos marcado líneas divisorias.
Me despedí de Ecuador, con la mayor cantidad de trabajo infantil que vimos en el camino, del país vecino que en esta frontera se hizo hermano, de la caña de azúcar brotando en las esquinas, de las playas de agua caliente y la bandera de los mismos colores que la mía. Esta vez iríamos más allá, y al despertar del siguiente día ya estaríamos en otro país, otro universo.
Muertos de frío y en silencio, nos devolvimos en un taxi hasta el hotel, tratando de ignorar un poco la nostalgia de haber recorrido un país, "tenemos que volver", "nos faltó mucho por conocer", nos decíamos para aplacar la tristeza de ya nunca volveríamos a Ecuador por primera vez, y al mismo tiempo nos maravillaba lo mucho que nos había sorprendido Ecuador, los paisajes que nunca olvidaremos.
El bus nos recibió con las caras largas y el miedo de pasar una frontera nueva por el pasaporte, por pensar qué hacer si dicen que no, por cambiar la moneda, por saber si los peruanos nos iban a querer (nuestro anfitrión en Cuenca nos puso un poco de miedo con el país vecino), con el miedo de la inseguridad y de todas aquellas historias que cuentan del amigo de un amigo.
En la madrugada nos despertaron en medio del frío para que bajáramos con el pasaporte, y en medio de una zona muy tropical-selvática, con cercanías de cultivos de arroz, intentábamos no ser comidos por los zancudos a los que los agentes de migración parecían acostumbrados o más bien resignados, matándolos con manotazos en el cuello y los brazos.
Hasta pronto Ecuador, pensé cuando me firmaban el pasaporte y caminaba al otro lado del puente para recibir el nuevo sello de Perú. Hasta pronto Ecuador, y espero volver pronto a ver sus playas, sus animales, su gente, los amigos que nos recibieron y los nuevos que dejamos; hasta pronto a la diversión, la vida y la aventura que comenzó en este hermoso país.
Y no, nunca voy a entender los problemas fronterizos de dos pueblos tan hermanos. Y sí, lamento mucho los que "compatriotas" que hacen daño en otros países, tanto como los ecuatorianos lo lamentan, y no, los malos no nos representan.

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