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La vida simple - Ban Na - Laos

Hacían 40 grados centígrados y yo cargaba mi mochila de, al menos, 15 Kilos. Al llegar al muelle un gran letrero me confirmó lo que temía, que había perdido el último bote del día y que un viaje privado costaba mucho dinero. Estaba segura de que era mi culpa, siendo colombiana me confíe de que un viaje de 4 horas no podría tardar más de 6. Cualquier persona que haya crecido en Colombia o en Laos tiene claro que ese viaje  fácilmente se convierte en uno de 8. 
Respiré un poco. Tenía hambre, estaba completamente empapada de sudor, compré la tarjeta de recarga de internet equivocada y había tenido que subir y bajar una montañita (con ese clima y esa mochila) dos veces. Me senté en mirador del muelle y noté que el restaurante tenía el nombre del lugar al que iba: Muang Ngoy (estaba en Nong Khiaw). Lo sentí como una señal, de nuevo. Y es que sí, soy una persona muy racional, pero cuando viajo sola me muevo mucho por intuición; cuando se tiene el tiempo y el espacio, empieza uno a notar cosas que parecen no existir en el ruido de la ciudad.
Ahora devolvámonos un poco. ¿Por qué quería ir yo a una aldea en medio de la nada, muy poco turística y a la que solamente se llega por bote? Varias personas me hablaron de ella durante el viaje y para esta viajera poco planeada esa es una razón para meterme un viaje de 8 horas de Luang Prabang y luego idear la manera de llegar allí sin el bote público. Me acerqué a la taquilla y, de una manera que aún no comprendo, me indicaron que saldría un bote más. De la nada salieron varios pasajeros y todos embarcamos. 



Apenas el motor se encendió se quedaron ahí, en la orilla, todas las preguntas, los miedos. Sí, estaba sola en Laos, a miles de kilómetros de alguien conocido; pero no había angustia, antes bien una sensación de libertad me acompañaba con la brisa; cualquier cansancio era despejado en el río Nam On. La vida se convertía en presente, en el bote abriéndose paso por entre las aguas, por las formaciones montañosas maravillosas que tan poco comunes son de nuestro lado del mundo, en la luz anaranjada delatardecer aterrizando los búfalos que tomaban baños en el río. 
El bote hizo paradas en algunas orillas que parecían desiertas de humanos para dejar algunos de los pasajeros; ellas (en su mayoría mujeres) volvían a sus hogares con provisiones y se perdían dentro del verde mientras nosotros continúabamos a la tierra prometida. 


Al llegar al puerto me pregunté cómo la gente que vive ahí se acostumbra a tanta belleza y después, tal vez ni lo nota, y entonces me di cuenta de que nos pasa a todos. Que somos capaces de olvidar los detalles de la vida por la rutina y, como en cada viaje, me propuse a dejar de hacerlo, a intentar vivir menos en automático, dejarme llevar por la hermosura de los días. ¿No es eso vivir?



Estaba en Muang Ngoy después de más de 10 horas de viaje. Las calles eran de tierra, los niños corrían libres, los gallos cantaban, las papayas crecían en todo lado y yo caminaba con mi mochila por ese lugar, llegaba al Airbnb de un francés que se enamoró de una laosiana y ya nunca salió del pueblo. ¿Y para qué? Descansé como era debido después de tanto movimiento, y entonces, un día, mirando el Google Maps, me di cuenta de que había una aldea aún más pequeña, Ban Na, a un poco más de una hora caminando y me dije, ¿por qué no? 
A la mañana siguiente estaba alistándome para salir y explorar los valles entre las montañas. Empecé a ver rebaños, pescadores, perritos, ríos pequeños, templos diminutos, casas tejidas a mano y mucha mucha tierra roja. Empecé a ver casas dos horas después de haber iniciado la caminata, y estaba todo desierto. Un pueblo fantasma, parecía. 



Entonces, al llegar a lo que parecía la calle principal escuché cantos y celebraciones. ¡Estaba sucediendo una boda! La novia y el novio hacían diferentes recorridos por la aldea, cada uno rodeado de sus familiares y amigos, todos en división de género. ¡Cuánta suerte tenía! 

Aunque la curiosidad era mucha y la emoción más, decidí seguir el camino para no ser muy intrusiva. Subí un poco más a una pequeña tiendita y me tomé un tecito viendo los sembrados. De vuelta podría observar (chismosear) un poco más de la fiesta. Lo que sucedió a la vuelta fue que se me acercó un gringo-italiano emocionado, llevaba días sin hablar inglés, me dijo. Le pregunté si era una boda y él me dijo que eso pensaba. No entendía mucho y aunque llevaba más de una semana, la comunicación era difícil (no había internet para usar el google translate y tampoco había electricidad para cargar los teléfonos, solo algunos vecinos tenían páneles solares). Me dijo que estaba ayudándole a una pareja con algunos arreglos en la casa y pretendía hacer un letrero para que los turistas supieran que en la casa donde se quedaba había un restaurante y habitaciones disponibles. Entonces el dueño de casa se me acercó diciendo "sleep, sleep", y Salvatore se rio diciendo que era su forma de invitar a los turistas a usar su hostal. Muy poco efectiva la técnica, coincidimos. Intenté despedirme pero el hombre, el dueño de casa, me pidió que me quedara a la fiesta. En las celebraciones de esta magnitud participa toda la aldea. Según me dijo Salvatore, en los días anteriores habían sacrificado un búfalo, y este sería banquete. No podía negarme, así que me senté feliz a compartir con ellos. 
Salvatore me contó de sus días ahí, de la amabilidad y nobleza de sus anfitriones, de que nunca había conocido gente tan buena y dispuesta a ayudar, de los días tranquilos, de la vida simple. Entonces, el papá se me acercó de nuevo y me pidió que me quedara sin pagar, me estaba invitando a su casa, a su mesa. Así que acepté, aunque les pedí que me dieran un ratito, tendría que caminar hasta donde encontrara señal para avisar en casa que estaría bien, y que por algunos días estaría desconectada. También para pedir en el hostel que me cuidaran el equipaje. Tuve que caminar 40 minutos antes de encontrar señal. 
Volví a la fiesta y a seguir comiendo, tratando de sobrellevar las cervezas que me invitaban uno tras otros los habitantes de la aldea, y manteniendo el vaso a la mitad para no terminar borracha. Entonces el papá llegó en su moto destartalada y me pidió que me subiera. Yo no sabía qué responder, y de nuevo usé a Salvatore de intérprete, pero tampoco él sabía a dónde me quería llevar. "Tal vez a que le ayudes a traer hielo". Me dijo que estaría bien, que era un hombre bueno, y que su esposa lo veía y sonreía, y eso significaba que ella lo aprobaba. Me dijo que de cualquier manera tenía que hacer lo que sintiera. Así que me subí a la moto y lo acompañé. Terminamos en un pequeño terreno. Él abrió la cerca y vi una bungaló y un laguito oscuro. Él me hacía señas de que lo siguiera y entonces empezó a hacer un ruido, a cantar, y los búfalos empezaron a salir del agua. Luego llegó su hijo, quien vive en ese bungaló cuidando los animales, que son toda su fortuna. Se veía pleno, juguetón con sus animales, me los mostró uno por uno y me dejo acariciarlos. Me llevó a ver a los bebés, y me decía, con orgullo que eran suyos, el trabajo de toda su vida.  


Cuando regresamos y le conté a Salvatore a dónde habíamos ido, no lo podía creer. Me dijo que era un sitio muy especial para el papá (Boonmai) y que él lo había llevado ahí solo después de muchos días. La mamá (Seepai) me miraba y me preguntaba, tal vez, si había visto. Se emocionó cuando le mostré las fotos de sus búfalos. Sonreía tímida y emocionada al tiempo. La vuelta a la fiesta fue diferente, ya el alcohol había cambiado los bailes tímidos de los novios y las demás parejas (que principalmente lo hacen con las manos) a perreo intenso. Algunos otros turistas que iban pasando también fueron adoptados. En los bailes las mujeres se acercaban mucho y los hombres se tocaban libremente... la liberación del alcohol. La celebración fue fantástica y se alargó por muchas horas, incluso tuve que pedirles que me mostraran el cuarto e irme a descansar un poco. 

Más tarde, junto con lo nuevos visitantes de India, Alemania, Francia y Rusia, nos fuimos a su hostal para cargar los teléfonos (sí, quedaba en otra aldea, aún más pequeña que Ban Na. Volvimos Salvatore y yo cuando ya estaba oscureciendo, y alumbrados solamente de la lámpara de cabeza que llevaba (que por suerte siempre cargo conmigo cuando viajo). A los quince minutos de caminar, todo era oscuridad total. Se escuchaban toda clase de ruidos animales y alumbrábamos a menudo el piso para saber que no había ninguna serpiente acompañádonos. Íbamos guiados solamente de nuestra intuición, de los recuerdos del recorrido de vuelta, buscando el cambio de color de la tierra, afinando el oído para dar con el río que habíamos cruzado, en total silencio y conectados de verdad con nosotros mismos (y el sentido de orientación que tengo bastante atrofiado). 
Al llegar a la casa Boonmai y Seepai ya descansaban (sobre todo ella que parece una hormiguita activa siempre), sentados en el primer piso, charlando de vez en cuando. La fiesta se había acabado y solamente quedaban algunos borrachos y el desorden de la celebración. Nos sentamos a hablar con ellos, intentando encontrar el idioma común, uno que nos inventábamos y que se apoyaba en parejas (Salvatore y yo intentábamos explicar lo que decía el otro, y Boonmai y Seepai se apoyaban de igual manera) para entendernos. Lo sorprendente fue que por horas compartimos experiencias. Entendí que tenían tres hijos, el que cuida los búfalos, una hija que trabajaba en una ciudad y otra que había muerto en la pandemia; esta última, la única de todos que hablaba inglés y había conseguido una beca para estudiar en Vientáin. Las vacunas fueron insuficientes en Laos, por lo que ella viajó a Vietnam a conseguir la suya, pero se contangió en el camino y murió al regreso, sin haberla conseguido. Los ojos de los dos se llenaron de lágrimas. Nos mostraron sus fotos, nos dijeron sus nombres. Les hablamos de nuestras vidas, que parecían tan lejanas; de nuestros afanes, tan vanos; de nuestros amores, tan profundos. Nos sentamos juntos a extrañar y a disfrutar el fresco de la noche. El silencio nos envolvió, y el bungaló fue suficiente para no sentir calor, sus "paredes" tejidas en algo como paja, el piso elevado, mantuvieron el bochorno lejos. En esa noche sólo tenía el colchón y un mosquitero, y el sueño fue reparador, la cabeza y el corazón solamente existían.
Desperté con el ruido de la madrugada, eran las cinco y todo el pueblo estaba despierto y activo. Recogían las carpas, la basura, barrían las calles, hablaban entre todos. Trabajaban en comunidad, con alegría y ganas. Se veía después a las mujeres dando de comer a sus animales, cocinando, tejiendo; a los hombres reparando las casas, construyendo, moviéndose en sus motos. Los niños jugaban, gritaban. 
Desayunamos con la actividad del pueblo que cada vez más bajaba el ritmo. Me bañé a baldados, y ellos estuvieron dispuestos a, incluso, compartirme su shampoo. 


Toda la algarabía se fue apangando como a las diez de la mañana, hora en la que el calor ya hacía difícil el movimiento, y de nuevo el pueblo se convirtió en un pueblo fantasma, donde todos se escondían en sus refugios frescos para pasar el calor, para echar una siesta, o para hacer actividades a paso más lento. Esa era la vida Ban-Na. Tan simple, tan profunda, tan conectada.
Salvatore y yo nos concentramos en hacer el letrero para indicar los servicios que ellos prestaban (los dos tan negados para las manualidades) y que Boonmai con su gran sonrisa y su energía no asustara a los posibles clientes. 


Los siguientes días pasaron con mucha dulzura y paz. Seepai nos llevó a pescar, enseñándonos sus técnicas para encontrar los peces y cómo lo hacía. Nos mostró los caminos que recorría, las presas que los mismos vecinos creaban para dirigir los cauces y ayudar al río a fluir en sequía.

Al volver nos cocinó los peces, y nosotros, que sentíamos que no debíamos comerlos (miren lo importante de la intuición), lo hicimos por no ser groseros con su hermosa hospitalidad (y obviamente nos enfermamos). Yo tuve una noche de fiebre (el amor mío me cuidaba en videollamada a tantos kilómetros de mí) y malestar estomacal, y un par de días más en los que me sentía un poco débil, pero el pobre de Salvatore estuvo más de dos semanas enfermo y en cama. Volví a Muang Ngoy esos días para recuperarme, y sentí que necesitaba, aún más, bajar el ritmo del viaje, así que le hice caso al cuerpo y me quedé observando, viviendo despacito, entendiendo tantas cosas que había aprendido en tan poco tiempo, y recordando la última conversación que tuve con Boonmai, quien me llevó en su moto al pueblo. Ahí, ya con internet, pudimos hablar con el traductor del teléfono (al menos un poco más, porque el lao no es un idioma que esté muy avanzado en esa aplicación). Me preguntó cuándo volvería y le dije que no sabía, mi casa estaba al otro lado del mundo. Le pregunté cuándo viajaría él a visitarme, y me dijo que nunca, que sabía que iba a morir sin ir a otro país. No lo dijo con tristeza, sino con el entendimiento de las circunstancias y con la plenitud de quien lo tiene todo, o que al menos no desea eso que no tiene. Es un hombre feliz, un hombre presente, un hombre sabio que ama la vida y que quiere vivirla así, lenta, sin sobresalir (más bien en comunidad), ni triunfar (ya lo hizo), ni competir, ni ser reconocido, ni tener mucho dinero. 

Y yo soy una mujer afortunada, a la que el mundo le muestra la verdadera riqueza, la verdadera felicidad, la que sí existe. Soy una mujer afortunada a quien la cuidan, incluso a miles de kilómetros de distancia. 



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